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martes, 30 de octubre de 2012

Amor incondicional y entrega absoluta





El segundo mito de la madre santa afirma que una madre debe ser capaz de dar sin esperar nada a cambio, de proteger, de comprender y de nutrir a los hijos incondicionalmente. Y es entendible, porque eso es lo que hacemos las madres… a veces

A veces, no siempre, nos sentimos plenas por el sólo hecho de haber parido; a veces, no siempre, disfrutamos de estar con los niños; a veces, no siempre, damos prioridad a las necesidades de nuestros hijos por sobre las nuestras; a veces tenemos el timing justo para estar cuando nos necesitan y meternos tras bambalinas cuando necesitan usar sus alas; a veces podemos responder tranquilas a las rabietas y ser comprensivas… pero no siempre.

Seamos sinceras: por más que amemos a nuestros hijos y nos preocupe su bienestar, a menudo la maternidad no resulta el fascinante cuento de hadas que la publicidad y los manuales se esfuerzan por vendernos. Nos frustra la interminable cantidad de tareas que debemos hacer por los hijos, los límites que ponen a nuestra libertad, lo difícil que resulta a veces disponer del tiempo y la energía para nosotras mismas. Entonces nos enojamos y decimos y hacemos cosas de las que más tarde nos arrepentimos.
Lo cierto es que nadie puede ser abnegada siempre, estar todo el tiempo de buen humor, tener todas las respuestas, sentirse siempre segura al tomar una decisión que pueda afectar el futuro de los hijos.

El paradigma actual de la “buena madre” es una generalización que recorta la experiencia concreta de la maternidad de cada mujer, negando y escondiendo el abanico de pensamientos, emociones y acciones que no se ajustan a la definición monocromática de lo que es ser una “buena” o una “mala” madre. La prensa y la televisión refuerzan la polaridad cultural contraponiendo las figuras de la madre ideal –abnegada, paciente, radiante, siempre dispuesta – con la versión actualizada de las madrastras de los cuentos de hadas, mujeres narcisistas, centradas en sí mismas, capaces de abandonar y maltratar a los hijos. 


En el desfile de madres famosas encontramos los dos modelos. Por cada Angelina Jolie, la “chica terrible” convertida en un ejemplo de amor y dedicación hacia sus hijos biológicos y adoptados, hay una Britney Spears que pierde la custodia de sus bebés debido a sus problemas con el alcohol y las drogas. Las “malas madres” de los medios cumplen una doble función altamente contradictoria: por un lado, sirven para que las mujeres nos tranquilicemos: comparadas con ellas, no nos sentimos tan desastrosas. Pero, por otra parte, refuerzan el ideal, ya que nos advierten de los peligros físicos y psicológicos a los que están expuestos los hijos de aquellas que, por un motivo o por otro, no pueden cumplir con los estándares de perfección que se exigen.

El mito del amor y la entrega incondicional nos lleva a medirnos con un modelo deshumanizado del rol de madre que nos genera sentimiento de culpa si no sentimos el gozo eterno y la satisfacción de todo lo que necesitamos por el mero hecho de ser madres. 

jueves, 11 de octubre de 2012

Los mitos de la madre santa



Kiki Suárez

Se da por supuesto que una buena y santa madre
  •  tiene instinto maternal
  •  ama incondicionalmente a sus hijos y se entrega absolutamente a ellos 
  •  es responsable de todo lo que les pasa 

¿Quién lo dice? En realidad, todos y nadie. Nadie, porque son máximas no escritas, y todos porque están grabadas en el caracú mental de la sociedad y la cultura de Occidente a la que pertenecemos.
Es indiscutible que las mujeres sabemos y podemos amar a nuestros hijos profundamente, con el alma y el corazón; que los nutrimos, los mimamos, los educamos, los disfrutamos, les damos nuestra atención y buena parte de nuestro tiempo. También es cierto que cuando traemos un hijo al mundo asumimos el compromiso de hacer lo mejor que podamos para que crezca sano y feliz. 
Lo que cuestionamos es que estas máximas sean inmutables, universales y eternas. 
El modelo de la madre santa funciona a la vez como dique de contención y como cárcel. Es útil para orientarnos, pero puede dejarnos atrapadas en las exigencias de lo que una buena madre debería pensar, sentir y hacer. Cargadas con esa definición monocromática, en lugar de aceptar que somos humanas y hacemos lo mejor que podemos, nos esforzamos por hacer Lo Mejor, con mayúscula, y si esto no funciona como esperábamos, si los hijos tienen dificultades o tenemos conflictos con ellos, nos sentimos culpables. Nos castigamos por haber roto las tablas consagradas en el altar de La Madre. 
Entonces, con la mejor intención de reparar el daño, nos esforzamos más. ¿Cómo? Haciendo más de lo mismo. Gritamos más, cedemos demasiado, nos volvemos todavía más dramáticas, más estrictas o ............(espacio cedido para que cada una complete con su reacción habitual). Y cuando hacemos eso(ver lo completado en la línea punteada),el hijo/la hija responde ............; entonces nos sentimos ............) y reaccionamos haciendo ............),y así, ad infinitum.
Cuando nos ataca la culpa, sin darnos cuenta caemos en conductas repetidas que nos llevan, a nosotras y a nuestros hijos, a un callejón sin salida.(De esto sí vamos a seguir hablando ad infinitum). 
¿Conocen el refrán Hijos pequeños, problemas pequeños; hijos grandes, problemas grandes? Reformulemos


Ideales pequeños, problemas pequeños; 
ideales grandes, problemas grandes. 

Si apuntamos a ganar la medalla a la Madre Perfecta preparamos el caldo para el conflicto y el drama.  
Por eso las invitamos a poner los mitos de la madre santa sobre la mesa y proceder a examinarlos, y desafiarlos, uno por uno.